Más allá de las pantallas: el grito silenciado de la violencia digital contra las mujeres LGBT y su liderazgo político
Naimath Mendez – Presidenta LGBT Bolivia
En un mundo donde la vida transcurre a través de pantallas, la violencia de género ha encontrado un nuevo y vasto territorio para expandirse: el espacio digital. Este no es un ámbito etéreo o secundario; es una extensión más del continuum de violencias machistas que busca disciplinar, silenciar y acallar las voces de las mujeres. Para comprender su impacto real, debemos escuchar las historias de quienes la enfrentan a diario, como la de Naimath Méndez, cuyo testimonio moviliza.
Naimath Méndez, presidenta de la organización LGBT Bolivia, es una sobreviviente. Los insultos, las amenazas de muerte y el hostigamiento en redes sociales no fueron episodios aislados; fueron la antesala y el acompañamiento de un ataque que buscó acabar con su vida pública. «Lesbiana de mierda, te voy a matar», fue la sentencia que cruzó el umbral de lo virtual a lo físico. Su caso es un ejemplo crudo de cómo la violencia digital es la punta de lanza de agresiones que pueden culminar en la muerte, especialmente contra mujeres trans, racializadas y activistas, quienes enfrentan una intersección de odios.
La experiencia de Naimath desmonta mitos peligrosos. La violencia digital no es «menos grave» por ocurrir en internet. Sus efectos son profundamente materiales y psicológicos: genera ansiedad, miedo, autocensura y un estrés postraumático que limita la vida personal, social y política de las mujeres. El espacio digital, que debería ser de conexión y libertad, se transforma en una plaza pública hostil donde la disidencia es castigada. Para las defensoras de derechos humanos y activistas, como Naimath, esta violencia es un mecanismo de control político diseñado para minar su resistencia, desgastar su salud mental y obligarlas a retirarse de la esfera pública.
El testimonio de Naimath Méndez no es una anécdota individual; es un patrón estructural. Según datos de organizaciones feministas, una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia en línea. Las formas son múltiples: acoso, doxing (difusión pública de datos privados), suplantación de identidad, difusión de imágenes íntimas sin consentimiento —la llamada pornovenganza— y campañas de desprestigio coordinadas. Estas agresiones tienen un objetivo común: reforzar el mandato patriarcal de que ciertos espacios —el debate público, la defensa de derechos, la expresión de identidades no normativas— no son territorios para las mujeres.
Frente a esta realidad, la respuesta debe ser igualmente contundente y colectiva. La narrativa feminista nos exige dejar de ver estos casos como dramas personales y analizarlos como una cuestión política de derechos humanos. Es urgente:
- Nombrar y reconocer: Dejar de minimizar. La violencia digital es violencia de género, punto. Requiere tipificación legal específica en las leyes integrales contra la violencia.
- Crear redes de soporte y sanación colectiva: Las mujeres no deben enfrentar esto en soledad. Espacios como los creados por la Red Contra la Violencia de Villa Montes, que ofrecen acompañamiento psicosocial y jurídico, son vitales.
- Fortalecer la sororidad digital: Apoyar, creer y amplificar las voces de las mujeres atacadas. No compartir contenidos que las dañen y denunciar de manera solidaria el acoso.
La historia de Naimath Méndez es un llamado de atención desgarrador. Nos recuerda que detrás de cada pantalla hay una vida, un cuerpo que siente el impacto de las palabras convertidas en armas. La lucha por un internet feminista y seguro no es un lujo; es una extensión fundamental de la batalla por el derecho a vivir una vida libre de violencia, en todos los territorios que habitamos, incluido el digital. La próxima vez que minimicemos un insulto en redes o un mensaje de odio, pensemos en Naimath. Su supervivencia y su lucha nos interpelan a todas a no naturalizar la guerra silenciosa que se libra en nuestros teléfonos y computadoras.

