El acoso digital: la herramienta del machismo para silenciar la voz pública de las mujeres
Fabiana Rivas – Licas Tarija
La violencia digital existe, es real, duele y tiene un objetivo político claro: silenciar, intimidar y expulsar a las mujeres de los espacios de debate público. El testimonio de Fabiana Rivas una activista feminista de Tarija. Relata que entre una de las acciones en las que trabaja es la prevención del consumo problemático de alcohol, que en cierta ocación la llevó a realizar un pronunciamiento público. La reacción no fue un debate sobre el tema, sino una oleada de ataques digitales dirigidos, específicamente, contra ella y su compañera.
“Las que fuimos atacadas fuimos las mujeres”, señala con claridad. Este detalle es crucial. La crítica no se centró en los argumentos, sino que se desvió hacia el cuerpo, la apariencia física y el hecho de ser mujer. “Si me afectó escuchar o leer comentarios que no hablaban de mi propuesta”, confiesa. Esta es la esencia de la violencia digital machista: un intento de deslegitimación que ignora el discurso para atacar la identidad. Es un mensaje tóxico que repite: “Tu lugar no es la plaza pública; tu valor está en cómo luces”.

Este caso ejemplifica un patrón sistemático. La violencia en línea es multifacética en sus consecuencias: genera angustia, autocensura y un desgaste emocional que busca minar la resistencia. Pero, además, opera en un vacío de impunidad. “Lamentablemente la violencia digital sí es invisibilizada, primero no tenemos una normativa para que nos pueda defender”, denuncia la activista. La falta de leyes específicas y de protocolos efectivos en redes sociales deja a las mujeres en una vulnerabilidad extrema, luchando contra fantasmas anónimos.
Frente a esta realidad, la respuesta no puede ser individual. La salida, como señala la narradora de esta historia, es colectiva y feminista: “Lo que podemos hacer frente a esto es generar redes para poder cuidarnos entre nosotras, para generar seguridad digital comunitaria”. La sororidad se convierte en un escudo. Documentar los ataques de manera colectiva, acompañar a la compañera agredida, y presionar por marcos legales son actos de resistencia.
El relato es un recordatorio potente: cada insulto misógino en un comentario es un intento de apagar una voz. Y cada red de mujeres que se teje para contrarrestarlo, es un paso firme hacia un internet y una sociedad donde podamos hablar, sin miedo, de lo que realmente importa.

