La doble lucha de paulina cuevas: ser mujer, ser guaraní y enfrentar la violencia digital por ejercer liderazgo

Paulina Cuevas – Presidenta de la Asamblea del Pueblo Guaraní (APG) de Bolivia

Para las mujeres indígenas en cargos de poder, la violencia no solo se ejerce en las asambleas o los caminos comunitarios; ahora llega a través del teléfono, inundando sus mensajes con insultos, acoso y proposiciones que expresan incluso violencia sexual. Este es el testimonio de Paulina Cuevas, presidenta de la Asamblea del Pueblo Guaraní (APG) de Bolivia, quien desde su liderazgo nacional visibiliza una forma de agresión machista que busca expulsar a las mujeres de la vida pública: la violencia digital.

En un relato compartido con nuestro portal web, Cuevas describe un patrón claro: el acoso en redes sociales y aplicaciones como messenger o watsahp se intensificó conforme ascendía en cargos de representación, desde lo comunal hasta lo nacional. “El ser dirigente es tan difícil para una mujer, porque siempre te quieren intimidar”, afirma. Los ataques no vinieron solo de fuera; enfrentó “expresiones machistas” incluso al interior de su propia comunidad, evidenciando cómo el patriarcado se entrelaza y se reproduce en todos los espacios.

La violencia que describe es específica y sexualizada: “A mí, por ejemplo, me decían: ‘¿Cuánto querés que te pague para acostarte?’”. Estas palabras no son un insulto cualquiera; son un mecanismo para reducir su autoridad política a su cuerpo, para recordarle que, ante los ojos del machismo, su valor no reside en su capacidad de dirigir, sino en una hipotética disposición sexual. Es un ataque diseñado para avergonzar, aislar y minar su legitimidad.

Pero la violencia digital tiene una característica perversa que complica todo: el anonimato y la falta de pruebas“Si denunciamos también es difícil porque hay que tener pruebas y testigos, y a veces no sabes quién realmente es tu agresor detrás de la pantalla”, explica Cuevas. Esta impunidad tecnológica se suma a las trabas institucionales, como la exigencia excesiva de documentos para formalizar una denuncia, creando un muro de desprotección.

El testimonio de Paulina Cuevas trasciende su experiencia individual. “Sé que yo no soy la única; muchas mujeres pasamos por este tipo de violencia”, sentencia. Su voz representa la de mujeres indígenas, campesinas y urbanas que son perseguidas, incluso por políticos y compañeros de organización, “solo por no aceptar nuestro liderazgo político”. Su historia deja en claro que la violencia digital es la nueva frontera de una batalla antigua: el derecho de las mujeres a ocupar espacios de poder y decisión sin ser hostigadas, intimidadas o reducidas a estereotipos.

La lucha, entonces, es doble: por un lado, ejercer el liderazgo en estructuras históricamente masculinas y, por otro, defender el derecho a una vida digital libre de violencia machista. La resiliencia de Paulina Cuevas y de miles como ella no es solo personal; es un acto político de resistencia que interpela a la sociedad y al Estado a crear mecanismos efectivos de protección, reconocimiento y justicia para las mujeres que, desde la diversidad de sus identidades, deciden gobernar.